3.11.09

Hija de un pastor...Nací en cuna de oro





Nací en una cuna de oro, y no lo digo porque mis padres hayan sido ricos ni tuvieran en su posesión cosas importantes; sino porque nací en un hogar Cristiano cuya meta principal fue prepararme para el reino celestial. Pero no siempre comprendí realmente el privilegio tan grande que significó ser concebida en un evangelio tan significante, y mas aun ser hija de uno de sus portadores. En 1980 llegue al hogar de Humberto y Francis, un joven pastor y su esposa emocionados con su bebé. Antes de existir yo, ya mi padre y madre habían hecho muchos sacrificios en nombre de la misión que Dios tenía para los dos, y como papá escribe al lado de la primera foto que me tomó recién nacida: “Llegó Daylín”.

Mi niñez temprana fue muy hermosa, recuerdo con exactitud acompañando a mi papá a las visitas misioneras, y aburriéndome por horas sin tener alguien con quien jugar. El culto familiar se hacía cada tarde y tenía yo mi espacio especial en el cual leía mi lección o cantaba un especial (según yo) y luego les dejaba para estudiar sus cosas de adultos. Mi madre escribía poesías y luego las recitábamos, y recuerdo claramente el día en que mi papá me bautizó a los ocho años parada sobre unos bloques de cemento en el bautisterio porque no alcanzaba a dar pie en el agua. Todo era bonito, pero a medida que fui creciendo las cosas comenzaron a cambiar.

Con los años ya era mas consiente de mis alrededores y me fui dando cuenta de muchas cosas. Ya no me sentía tan cómoda en la iglesia como antes, empecé a sentir una presión enorme por los hermanos que esperaban que yo fuera una especie de niña perfecta por el simple hecho de ser hija del pastor. Me molestaba no tener nombre, sino siempre ser la hija de…. Mi padre, siempre encorbatado, salía a realizar visitas y no siempre estaba en casa cuando quería compartir cosas con el. En la iglesia rara vez se sentaba a nuestro lado, ya que estaba con su maletín para arriba y para abajo delegando y cumpliendo con sus típicas tareas. Cuestionaba a Dios y pensaba que porque mi papá había escogido un trabajo que no paga tanto como para cuidar de gente que al fin y al cabo hacen lo que les da la gana y les importa un comino si el mismo se pierde o no porque siempre le están apuntando el dedo a el y a su familia. Que si la hija del pastor se la pasa dibujando en la iglesia, que si la esposa del pastor no lo acompaña, etc. Etc. Etc. Y así fui desarrollando un resentimiento muy fuerte hacia el ministerio, gracias a la ignorancia de personas a las cuales les falta el tacto para lidiar con la juventud. No comprendía porque cada cierto tiempo teníamos que dejar una iglesia y comenzar en otra dejando atrás amigos y costumbres ya establecidas solo por seguir a papi y SU trabajo, solo para encontrar el mismo tipo de gente que esperaba que por ser hija del pastor estuviera mas cerca del cielo que otros muchachos.

Viajamos de punta a cabo en la isla de Cuba, fue llamado a trabajar en Miami, Florida, luego fue como misionero a Republica Dominicana en un distrito de más de 12 iglesias, para regresar al sur de la Florida una vez más dos años mas tarde. Me sentía como que a Dios no le importaba mucho lo que me pasaba ya que solo le interesaba que mi papa trabajara en la iglesia y con eso le bastaba. Muchas veces le reproche a papá el no negarse a ir donde la misión lo enviaba, ya que tenía que dejar una vez más todo atrás para conquistar un nuevo reto. Pero los años no pasan en vano, y finalmente gracias a la madurez que aun no concreto hoy me doy cuenta de todo.

En uno de esos traslados, mi padre llegó a una de esas iglesias en una etapa de transición y controversia. Recuerdo que había serios problemas y discordia y era un desafío fuerte para todos. En esa época quizás porque ya estaba más adulta comencé a conversar mas con mi padre, algo que yo antes de eso rara vez hacía. Notaba que se levantaba en la madrugada a orar y veía su continuo esfuerzo por mantener la calma y llevar un equilibrio en cada uno de sus pasos. Estaba sentada en la congregación un Sábado de mañana mientras el predicaba. Papá estaba recién llegado de completar su maestría en la Universidad Adventista de Andrews y el verlo tan feliz me hacia sentir sumamente orgullosa de el. Esa mañana su sermón fue diferente, tenía algo que no había tenido en los años anteriores. Me di cuenta que su lugar era ahí, que la misión a cumplir era mas grande que yo y que cualquier cosa. Comprendí que Dios quiso hacerme hija de un pastor porque sabía que yo tenía cosas específicas que aprender para poder comprender cosas que solo pude experimentar años mas tarde.

Desde ese día me propuse aceptar más y abrir mi corazón. Pude ver que con el tiempo el papá que yo conocí desde chica, un hombre criado en un sistema totalitario y ateo y de por sí con una personalidad rayando en lo militar había sido completamente transformado al papá comprensivo que yo conozco hoy. Siempre había sido un excelente pastor, pero con los años he visto como mi padre se ha convertido en el líder completo que Dios quería, y he visto que Dios lo utilizó para hacerme creer más y para que fuera un perfecto ejemplo de cómo yo también podía ser transformada espiritualmente. Ahora comprendo que Dios no se equivoca, y que soy inmensamente privilegiada. Se que el plan de Dios era traer a mi padre al ministerio para convertirlo en un excelente administrador y predicador de su obra en lugares y momentos precisos y difíciles. También se que me trajo a su vida porque era la única forma en que mi particular corazón podía ser tocado para rendirse a Jesús y cumplir también su misión. Hoy me doy cuenta de todo, y que Dios tiene un plan para cada uno de nosotros en cada familia que hemos nacido. Hoy doy gracias a Dios porque mis ojos pueden ver mas aya del horizonte y disipar un mundo mejor y un futuro lleno de esperanza.

Daylin Horruitiner

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